No sabemos qué, pero nos dejamos llevar
por la confianza cósmica
de nuestros corazones.
Las sandías crecen como pelotas de agua,
ni que fueran un balde o un bidón.
No, son de cascara dura y rojas por dentro.
Con harta pepa por supuesto.
Los porotos, que están esperando en sus úteros,
miran por pequeños agujeros las grandes calabazas.
Las que se disponen una a una alado de la otra
en una enredadera interminable.
Pacientes y agradecidos de poder estar vivos,
los porotos caerán a la hoya,
junto al zapallo naranjo,
a la cebolla morada,
al diente de ajo,
al ají colorado,
y al pimentón verde o del otro.
Mientras, los tomates, que siguen en la mata,
observan el vapor que sale de la hoya.
Dichosos de su destino,
se agarran de la mata,
primero se parecen a un poroto,
más tarde son como rojas manzanas.
El tomate, que no es manzana ni poroto,
es un adorno más en la intensa huerta.
Y en la mesa entibia los ardientes platos de comida.
Ya con el ombligo dado vuelta
hacen su entrada las finas hierbas a la mesa,
ya sean liquidas o de humo.
Cualquiera sea el caso,
después de la comida, son bien apetecidas.
Gracias vida por todo esto
que se transformará
en algo más.