sábado, 25 de septiembre de 2010

diálogo de una huerta y una hoya

En la tierra esperamos que lo que pase, pase.
No sabemos qué, pero nos dejamos llevar
por la confianza cósmica
de nuestros corazones.

Las sandías crecen como pelotas de agua,
ni que fueran un balde o un bidón.
No, son de cascara dura y rojas por dentro.
Con harta pepa por supuesto.

Los porotos, que están esperando en sus úteros,
miran por pequeños agujeros las grandes calabazas.
Las que se disponen una a una alado de la otra
en una enredadera interminable.

Pacientes y agradecidos de poder estar vivos,
los porotos caerán a la hoya,
junto al zapallo naranjo,
a la cebolla morada,
al diente de ajo,
al ají colorado,
y al pimentón verde o del otro.

Mientras, los tomates, que siguen en la mata,
observan el vapor que sale de la hoya.

Dichosos de su destino,
se agarran de la mata,
primero se parecen a un poroto,
más tarde son como rojas manzanas.

El tomate, que no es manzana ni poroto,
es un adorno más en la intensa huerta.
Y en la mesa entibia los ardientes platos de comida.

Ya con el ombligo dado vuelta
hacen su entrada las finas hierbas a la mesa,
ya sean liquidas o de humo.
Cualquiera sea el caso,
después de la comida, son bien apetecidas.

Gracias vida por todo esto
que se transformará
en algo más.